El nombre viene de Vuriloche, que significa “hombres al otro lado de las montañas”. Si es así, tal vez podría llamarse así a los vascos. De hecho, abundan, junto con los catalanes, en esta región. Lo primero que me llama la atención ya desde la ventanilla del avión es que, aunque está en plena Patagonia, no se le parece nada. La inmensa mayoría de la patagonia es semi-desértico, pero Bariloche parece más bien suiza. Bosques, montañas y lagos.
Aterrizamos. Recogemos nuestras maletas sin problemas. Al salir del área de embarque, primer show: hay que enseñar cada maleta, con su pegatina identificadora, y el comprobante de que las maletas son nuestras (típica pegatina que te ponen en la tarjeta de embarque). Paso sin problemas, pero la maleta de Nat no tiene pegatina. ¿Dónde estará? Vaya usted a buscarla a Buenos Aires. El caso es que no pasa. Tenemos que esperar a que todos los viajeros pasen con sus maletas y abandonden el área. Finalmente, como nadie parece tener interés en la dichosa maleta no identificada, nos dejan pasar.
Llegamos al hotel mientras mandamos un sms a ¡mi hermano! Sí, coincide que está en Bariloche, en una de sus etapas de la ruta motera Chile-Argentina que hizo con un amigo. Ruta que acabó antes de lo previsto debido a que una inesperada caída con subsiguiente rotura de peroné les aguó el fín de viaje. Quedamos con ellos en el centro cívico para comer, aunque ligeros porque a las tres hacemos una excursión.
Les preguntamos si también se apuntan, y después de unas cuantas dudas deciden que sí. Intentamos localizar al guía para preguntarle si es posible, pero el móvil que nos ha dado no funciona. Preguntamos en recepción si conoce a Juan Pablo, y por supuesto le conocen (Bariloche es muy pequeño). Nuestro deseo es que le llame, por favor, pero en su lugar nos explica un montón de códigos telefónicos que tenemos que marcar en el teléfono de la habitación para llamarle. Probamos todas las combinaciones, imposible. Mosqueados, bajamos de nuevo a recepción y el hombre accede -por fín- a llamarlo. En unos segundos me pone con él. ¿Ves como no era tan difícil? No hay problema. Imanol y Adam -con pierna escayolada incluida- se apuntan.
Llegamos tarde al punto de reunión porque vamos muy lentos, y todos nos están esperando. Pero al ver la escayola comprenden y no hay problemas. Nos llevan a ver Villa La Angostura, un pueblo muy chulo a escasos kilómetros de Bariloche. Aunque más bien había angostura en la furgoneta, donde por suerte encontramos un lugar para que la pierna de Adam pudiera descansar. La Angostura parece un pueblo de los alpes -o, mejor dicho, de los andes-, cosa que no pega en absoluto en la patagonia. Saqué fotos muy chulas que reflejan cómo es el lugar, pero hay una que me gusta especialmente. La saqué en la “Bahía Brava”, ¿dónde si no la sacaría el hombre parsimonioso? La llamo “Bidones”, espero que os guste. A mí me transmite buenas sensaciones, no se porqué. La “Bahía Mansa” os la tenéis que imaginar. Pondría una foto si esto fuera un post convencional, pero a petición del público ya no lo es.

Llueve. Afortunadamente, la mayor parte de la excursión es en la flagoneta, ya que es como mejor se ve la zona es en coche. Digo afortunadamente porque la pierna escayolada limita mucho nuestro rango de movimientos. Me gusta este puente destartalado.

Llegamos al pueblo y nos vamos directamente a la cervecería más famosa del lugar. Pedimos el surtido variado, para hacer una cata de cervezas artesanales, la que más me gusta es la “Honey Beer”, con un punto dulce de miel. Habrá dos que me dirán que soy un empalagoso, aunque uno de ellos nunca bebe cerveza y el otro ha bebido tanta que su opinión ya no es valorable. En cualquier caso, ambos son unos melones.

Salimos y cogemos un taxi, que son baratísimos. Llegar al restaurante -en las afueras- nos cuesta unos 15 pesos, más o menos tres euros. Esa misma carrera en España nos habría costado 15. Llegamos a un restaurante famoso por sus parrilladas, y nos metemos entre pecho y espalda toda una selección de carnes: chorizo criollo, lomo, bife de chorizo (nada que ver con el chorizo que conocemos, es carne), vacío, costillas de cerdo, y un poco de lechuga y tomate para facilitar la digestión.

Al día siguiente amanece chungo. Tenemos intención de subir al Cerro Campanario, desde donde las vistas son espectaculares según dicen, pero las nubes que acechan en el cielo nos hacen temer lo peor. De todas formas ya estamos allí, así que subiremos y se hará lo que se pueda. Llegamos a la base, donde nos ponemos a la cola para coger un telesilla que nos subirá. Parece que el tiempo va a aguantar. Inlcuso luce el sol.

En ese momento se inicia otro show. Hay un tío que nos dice si queremos chubasqueros amarillos para la nieve. ¿Nieve?¿Qué nieve?
De inmediato suponemos que se trata del gran timo, donde te dan el chubasquero y luego te cobran, y te quedas con cara de tonto porque “no, yo no quería, … es que creía que…”. (ver nota al final). El caso es que finalmente los cogemos. Y comprobamos que, haya nieve o no, no se trata de un timo. Te los dejan si los necesitas. Listo.

Hacemos bien en cogerlos, porque a medida que subimos empieza a nevar. Agradecemos los plasticotes, porque de no haberlos usado habríamos llegado mojados a la cima. ¡Cima que por cierto está nevada hasta los topes!

Lástima: yo tenía un montón de fotos en mente, pero me quedan feuchas. Demasiada niebla y nieve. En fín, sacamos unas cuantas fotos para inmortalizar el momento. Entre los gorros y los chubasqueros amarillos más parecemos arrantzales que mendizales, pero bueno. Detrás se pueden observar los montes y lagos que corroboran mis descripciones anteriores.

Después de un buen rato bajamos de nuevo en la silla, y nos paramos en un mirador que hay al borde de uno de los múltiples lagos. Hay un tipo con un san bernardo y su cachorro, que hace las típicas fotos turísticas con los perros. Hay un tipo del grupo que quiere fotografiar a los perros, el dueño se pica y hay miradas sospechosas como las de los baños de Freiburg cuando a Melonitz le siguieron y tuvo que defender su retaguardia. Todo se salda sin más problemas. A Natalia le encanta el perro pequeño, así que cae foto inevitable. Al loro la impresionante cabeza de la madre y las patitas del cachorro. Genial.

Seguimos adelante y el guía de montaña, que sabía un montón (de montes, animales, árboles… así da gusto), para bruscamente el coche y nos señala un árbol. “¿Ven esa tumoración protuberante en el flanco del árbol? Se trata del hongo Llao-Llao (que por supuesto, como buenos argentinos, ellos pronuncian “shao-shao”). Da un fruto jugoso fruto naranja comestible, aunque es algo insípido”. No vemos los frutos, pero veo uno de los hongos suelto y le saco una foto.

Termina la excursión y, para recuperar fuerzas cae una buena corderada “al palo” (en la foto se ven en los costados de la fogata),

regados por un suave vino patagónico.

Por la tarde nos vamos a comprar algunas cosillas, y es que, en vista del frío que nuestros pies han pasado en el Cerro Campanario, decidimos comprarnos calzado adecuado para la visita a los glaciares. Están de temporada baja, porque (aunque no lo parezca) ya ha pasado el invierno, así que encontramos unas zapatillas de trekking muy buenas a bajo precio.
Esa noche cenamos en el recomendado “Familia Weiss”, donde pese a las cosas que habíamos oído no nos maravilla la comida. Sin embargo, el detalle con el que me quedo es el uso que hacen de los troncos de los árboles, que sirven directamente de vigas y paredes. Muy bonito. No es tan perfecta como la integración “construcción humana de piedra + madera de los árboles” de la posada de “El último hogar”, pero nos gusta mucho. El color de la madera la hace parecer irreal, casi de decorado, pero puedo asegurar que era madera-madera.

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Nota:
He de decir que en los 17 días que hemos estado en Argentina no hemos sufrido ninguna timada. Nos habían contado que hay múltiples ocasiones de chorizadas y timos, pero en ningún momento los hemos experimentado. Más al contrario, la gente ha sido excepcionalmente agradable y simpática, y nunca nos hemos visto en situaciones incómodas por intentos de timo. Cosa que sí me ha pasado en otros países.
Además, la gente nos había prevenido de que “los argentinos son unos zalameros, te envuelven con el lenguaje y te engatusan”. Falso. El 98% de ellos (conocimos a dos rancias en una tienda) son llamativamente educados, finos y elegantes, y utilizan un lenguaje mucho más rico que el nuestro, que al lado del que ellos hablan es simple y llano. No es cierto que engatusen, aunque, dadas sus proverbiales capacidades verbales, podrían hacerlo sin problemas si quisieran. Muy buena gente.